Enseñar es un privilegio...

Dicen que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Quizás con la enseñanza ocurre algo parecido: a veces no comprendemos del todo el privilegio de enseñar hasta que nos alejamos de la sala de clases.
Un maestro puede salir de una sala de clases y no volver a ver a sus estudiantes durante años. Puede olvidar nombres, rostros, trabajos entregados y hasta algunas de aquellas historias que un día fueron parte de su rutina. Pero, en algún lugar, puede existir una persona que todavía recuerde algo que aquel maestro le dijo, una oportunidad que le dio o, sencillamente, la manera en que la hizo sentir.
Quizás ahí reside una de las cosas más extraordinarias de enseñar: nunca sabemos hasta dónde llegará nuestra influencia en la vida de otro ser humano.
Yo también me alejé de la sala de clases, y ha sido precisamente esa distancia la que me ha permitido comprender cuánto la extraño.
He tenido la oportunidad de vivir la educación desde muchos lugares. He sido maestro de escuela elemental, maestro de adultos y profesor universitario, incluso a nivel doctoral. También la he experimentado desde la administración, como director escolar y como decano universitario. Hoy, desde la consultoría, continúo vinculado a la educación, pero un poco más lejos de la sala de clases.
Y precisamente esa distancia me ha permitido reconocer algo que quizás no valoraba de la misma manera cuando estaba allí todos los días: de todos los lugares que he ocupado en la educación, ninguno ha sido tan hermoso como la sala de clases.
La extraño.
Porque la sala de clases te permite algo que difícilmente puede explicarse hasta que se vive: estar cerca de los estudiantes y, de alguna manera, formar parte de sus vidas. Ayudarlos a descubrirse, despertar su curiosidad y, en el mejor de los casos, lograr que se enamoren del conocimiento y de aquello que uno les enseña. Eso no tiene precio.
Es cierto que la enseñanza suele ser una profesión mal remunerada en prácticamente todos sus niveles. Sin embargo, lo que ocurre dentro de una sala de clases tiene pocas comparaciones. Con los años, algunos de aquellos estudiantes crecen y la relación se transforma. Tengo antiguos estudiantes que hoy son adultos, amigos e incluso colegas. Esas son algunas de las vueltas hermosas que da la vida cuando un día compartiste una sala de clases con alguien.
Es entonces cuando uno comprende que enseñar nos concede algo muy poderoso: la posibilidad de llegar a formar parte de la historia de otro ser humano.
No todas las profesiones permiten crear ese tipo de conexión.
Hace unos días estaba en el supermercado con mi esposa, quien también es educadora. De repente, una jovencita la sorprendió por la espalda para saludarla y abrazarla. Era una exalumna. Más adelante volvieron a encontrarse dentro del mismo supermercado y, nuevamente, aquella joven le expresó su cariño. Incluso mostró curiosidad por conocerme al saber que yo era su esposo.
Puede parecer un encuentro sencillo. Para nosotros, sin embargo, fue uno de esos momentos que nos recuerdan algo importante: ser maestro no es cualquier cosa.
Es una oportunidad única de formar parte de la vida de otros.
A veces pienso que los maestros tenemos incluso la posibilidad de inmortalizarnos en la memoria de nuestros estudiantes. Si, de alguna manera, el ser humano termina de morir cuando es olvidado, el educador posee una oportunidad extraordinaria: permanecer en los recuerdos de aquellos a quienes impactó.
Y esto aplica tanto para lo bueno como para lo malo.
He escuchado a personas mayores recordar todavía con desdén a maestros que les hicieron daño. Pero también he escuchado a ancianos hablar con un cariño extraordinario de aquel maestro o aquella maestra que creyó en ellos, que los ayudó, que les enseñó algo que trascendió la materia y que, décadas después, continúa viviendo en su memoria.
Por eso enseñar conlleva una responsabilidad enorme.
No creo que exista una receta mágica para lograr esa conexión. Hay algo profundamente humano en ella. Me gusta pensarlo de esta manera: el alma reconoce a otra alma.
Un estudiante, no importa cuán pequeño sea, puede percibir cuando un maestro es genuino. Percibe sus intenciones. Sabe cuándo existe verdadero interés por enseñarle y cuándo, detrás de la profesión, hay un ser humano que realmente se preocupa por él.
Los estudiantes saben cuándo hay amor por lo que se hace y, sobre todo, cuándo hay amor por aquellos a quienes se enseña.
No es solamente afinidad. Es algo más profundo. Es esa capacidad que tenemos los seres humanos de reconocer la autenticidad del otro. Alma con alma se reconocen.
Por eso, quien educa no puede darse el lujo de desperdiciar la posibilidad de dejar una huella positiva en la vida de sus estudiantes. Mucho más cuando tiene frente a sí la oportunidad de ayudar a uno de ellos a descubrir quién puede llegar a ser.
La teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner ha relacionado el desarrollo de nuestras capacidades con experiencias significativas que pueden ayudarnos a descubrir talentos, intereses y posibilidades. Me gusta pensar en el maestro como alguien capaz de provocar una de esas experiencias: ayudar a un estudiante a descubrir una pasión, reconocer aquello para lo cual tiene capacidad o, sencillamente, mostrarle un camino que hasta ese momento no sabía que existía.
El maestro no tiene que recorrer ese camino por él.
Quizás su función sea solamente señalarlo.
Será el estudiante quien decida si quiere caminarlo, hasta dónde llegará y qué hará con aquello que descubrió. Pero puede ocurrir algo maravilloso: muchos años después, cuando mire hacia atrás, todavía recordará a la persona que un día le dijo: “Mira, por aquí también hay un camino.”
Quizás esa sea una de las formas más hermosas de trascender.
Finalmente, enseñar es un privilegio. A veces no lo comprendemos plenamente mientras estamos inmersos en la rutina, preparando clases, corrigiendo trabajos, atendiendo situaciones y enfrentando todas las dificultades que acompañan la profesión.
A veces lo entendemos cuando nos alejamos un poco de la sala de clases.
Entonces comenzamos a extrañar a los estudiantes, las conversaciones, las preguntas, las ocurrencias y hasta aquellas situaciones que en su momento nos agotaban.
Y comprendemos por qué.
Porque enseñar no solamente llena la mente de quien aprende. También llena el corazón de quien enseña.
📩 Contáctanos para conocer cómo podemos apoyar el desarrollo de tu organización. Contáctanos escribiendo a dr.elmerpabon@gmail.com
Dr. Elmer L. Pabón
EducantesPR

Comentarios